Si en Siempre ocurre lo inesperado Ricardo Ahuja nos ofreció el panorama de un viaje por un mundo en transformación, en La puerta de golpe nos lleva de la mano a recorrer senderos del mundo actual, en un marco donde los personajes de la historia luchan por definir el futuro de sus vidas, huyendo de un pasado que no les satisface por completo, y buscando en tierras extrañas un destino tan incierto como sus sueños. En un proceso invertido de la confusión de las lenguas que tuvo lugar, según las historias bíblicas, en Babel, los personajes de la narración, procedentes de orígenes distintos, comienzan a hablar un mismo idioma y se integran en un proyecto común, cuyo desenlace se define en la frontera entre México y los Estados Unidos de América.
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Espigão d'Oeste
Murilo levantó del suelo la malla metálica que utilizaba como instrumento de trabajo y la acercó a su rostro para revisar su contenido. La sacudió repetidas veces, hasta que casi toda la tierra que había colocado sobre ella se escurrió por entre los orificios. Revisó con cuidado los residuos que persistían sobre su superficie. Nada, no vio ninguna piedra de valor sobre la malla. Hizo una pausa. Sacó el pañuelo del bolsillo y limpió el sudor que escurría por su rostro. Observó a sus compañeros, que trabajaban no lejos de él, unos en cuclillas, absortos en la tarea de peinar con los dedos una y otra vez la tierra que otros sacaban de un socavón a golpes de pala. Nada interrumpía el silencio de la tarde, excepto el seco rumor de la tierra que caía de cada palada, batiendo a intervalos regulares como un concierto de percusiones, en tanto las sombras de los seis hombres parecían combinarse en una danza fantástica.
Uno de los mineros, de nombre Evandro, interrumpió su labor y se alejó un poco del sitio en que cavaba para satisfacer una necesidad. En eso estaba, cuando creyó oír, arrastrado por el viento, el eco de una canción. Aunque lo intentó, no alcanzó a reconocer la melodía. Hizo lo que tenía que hacer y regresó al sitio donde estaban sus compañeros, con ánimo de reprocharles su mala entonación.
—¡Qué mal cantan! —dijo—. Y no sólo cantan mal sino que tienen un repertorio muy extraño. ¿Dónde aprendieron esa canción? Nunca la había escuchado.
—Debes haberlo imaginado —dijo otro de los mineros—. Ninguno de nosotros ha cantado.
—No estoy imaginando —insistió Evandro—. Estoy seguro de que los oí.
Los demás hombres no hicieron caso de los comentarios de su compañero y continuaron trabajando. Evandro dio un par de pasos hacia unos arbustos cercanos y tomó su cantimplora, que colgaba de una de las ramas. Quitó el tapón y bebió hasta saciar su sed. Colocó de nuevo el tapón en la boca de la cantimplora, la retornó a su sitio y regresó al lugar donde cavaba. Tomó nuevamente la pala y estaba a punto de clavarla en la tierra, cuando creyó escuchar un rumor lejano de voces que se hacía cada vez más perceptible. Hizo una seña con la mano, invitando a sus compañeros a interrumpir su labor.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó uno de ellos.
—De nuevo escuché algo, parecían voces —respondió Evandro.
Todos permanecieron atentos, afinando sus sentidos, buscando confirmar la alarma.
—Es cierto, escucho voces —dijo un tercero—. Alguien se está acercando.
—Escóndanse —dijo Murilo—, oculten el equipo y péguense al terreno ... que no nos vean.
Cada uno de los mineros buscó con la mirada un lugar, el más conveniente para esconderse en la hondonada donde se encontraban. Todos se agazaparon como pudieron y esperaron. Las voces se hicieron cada vez más audibles.
Desde su escondite, los buscadores de diamantes pudieron ver a tres indios "cintas-anchas" que se aproximaban, con paso vacilante, como si estuviesen bajo el efecto de bebidas embriagantes, al escondite que ocupaban. Los indios conversaban en su dialecto y reían, probablemente recordando las peripecias del día. Uno de ellos portaba al hombro una carabina.
Murilo se había acostado sobre una depresión que se ajustaba a la medida de su cuerpo. Diez segundos después de ocupar esa posición sintió un hormigueo en su mano derecha. La sensación no se debía a falta de circulación en esa extremidad por la posición en que se encontraba, sino al paso de un grupo de hormigas que utilizaban su mano como puente, en el camino que él había interrumpido. Permaneció inmóvil para no alborotar a los insectos, que continuaron caminando sin dar mayor importancia al obstáculo. Por lo que pudo observar, las hormigas cumplían con la tarea de acarrear pedazos de hojas hacia su nido, de manera que no se ocuparían en morderle, a menos que él hiciera algún movimiento brusco. Más le convenía mantenerse tan inmóvil como un muerto, para evitar el riesgo de estarlo de verdad.
Y es que la búsqueda de piedras preciosas en esa región apartada de la Amazonia no era una actividad exenta de riesgos. Los mismos mineros enfrentaban voluntariamente esos peligros con la esperanza de alcanzar una recompensa que podía o no materializarse. Nada estaba garantizado. Lo único seguro era la emoción de la aventura y el riesgo de perder todo, incluso la vida.
Los indios "cintas-anchas" no eran muy afectos a la competencia de forasteros en la exploración minera en su territorio. Bien sabían que si hoy venían diez mineros, pronto serían cien y luego mil, y después no tendrían cómo sacarlos de sus tierras. Preferían conservar el monopolio de la exploración para ellos mismos, lo que realizaban con el apoyo logístico de los traficantes de gemas, que asumían el papel de intermediarios.
En ese esquema, cada parte en la cadena del negocio obtenía lo que le interesaba. Los indios, a cambio de las gemas, recibían dinero, artículos de consumo, utensilios y armas, que no vacilaban en utilizar contra los aspirantes a mineros que se aventuraban en su territorio. Los intermediarios cargaban con las piedras hacia un primer destino, que podía ser São Paulo o Rio de Janeiro. Algunas de las gemas no se detenían ahí, sino que continuaban por múltiples rutas hacia su destino final, en ciudades de los Estados Unidos, Europa o Asia, donde serían transformadas por las manos de algún virtuoso en obras de arte para coleccionistas, o en adornos para realzar los atractivos físicos de afortunadas damas. Los únicos que quedaban fuera del esquema, eran los mineros que exploraban sin el permiso de los indios.
En esos segundos de inmovilidad, que parecían eternos, pasaron por la mente de Murilo algunos de los sucesos más importantes de su vida, los últimos de los cuales, le habían conducido a esa depresión del terreno en que se encontraba. Su familia era pobre, pero no le faltaban recursos para subsistir, aunque modestamente, del negocio que encabezaba su padre, un taller de zapatería al que nunca escaseaban los clientes en busca de prolongar la vida de sus calzados. Pero a Murilo no le atraía mucho la idea de pasar la vida remendando zapatos. Le parecía una actividad demasiado tranquila. Él soñaba con una vida que le proporcionara emociones, aunque a cambio tuviera que arriesgar la seguridad que en el taller de zapatería tenía como algo garantizado.
Durante un tiempo acarició la idea de salir de su natal Governador Valadares para ir a probar suerte a São Paulo. No pocas personas le habían asegurado que esa ciudad, capital del estado más rico del país y motor económico de la nación, ofrecía ilimitadas oportunidades, y que seguramente allá, no tendría problemas para encontrar un trabajo...
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