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La Templanza (Spanish Edition): Una Novela (Atria Espanol) - Softcover

Duenas, Maria

 
9781501125195: La Templanza (Spanish Edition): Una Novela (Atria Espanol)

Inhaltsangabe

The New York Times bestselling author of The Time in Between returns with a magnificent new novel set in 1860s Mexico City, Havana, and Spain about a self-made man who loses his fortune overnight but finds his destiny as he works to restore a legendary vineyard to its former glory, and to win the love of the combative widow who once owned the property.

Now available in Spanish.

Mauro Larrea sees the fortune that he had built after years of hardship and toil come crashing down on the heels of a calamitous event. Swamped by debts and uncertainty, he gambles the last of his last money in a daring move that offers him the opportunity to resuscitate his fortune. But when the unsettling Soledad Montalvo, wife of a London wine merchant, comes into his life, her passionate intensity lures him toward an unanticipated future.

La Templanza spans diverse worlds, from the young Mexican republic to magnificent colonial Havana; from the West Indies to the Jerez of the second half of the nineteenth-century, when its wine trade with England turned the Andalusian city into a legendary cosmopolitan enclave. A novel replete with glories and defeats, with silver mines, family intrigues, vineyards, and splendid places whose grandeur has faded in time, La Templanza is a story of resilience in the face of adversity, of a lifeline forever altered by the force of passion.

Die Inhaltsangabe kann sich auf eine andere Ausgabe dieses Titels beziehen.

Über die Autorin bzw. den Autor

María Dueñas holds a PhD in English philology. After two decades in academia, she broke onto the literary scene in 2009 with the publication of the New York Times bestselling novel The Time in Between, followed by The Heart Has Its Reasons in 2012. Both novels became international bestsellers and have been translated into thirty-five languages. The television adaptation of The Time in Between earned critical and international acclaim. The Vineyard is her third novel.

Auszug. © Genehmigter Nachdruck. Alle Rechte vorbehalten.

La Templanza (Spanish Edition)

1


¿Qué pasa por la cabeza y por el cuerpo de un hombre acostumbrado a triunfar, cuando una tarde de septiembre le confirman el peor de sus temores?

Ni un gesto fuera de tono, ni un exabrupto. Tan sólo, fugaz e imperceptible, un estremecimiento le recorrió el espinazo y le subió a las sienes y le bajó hasta las uñas de los pies. Nada pareció variar sin embargo en su postura al constatar lo que ya anticipaba. Impertérrito, así permaneció. Con una mano apoyada sobre el nogal recio del escritorio y las pupilas clavadas en las portadoras de la noticia: en sus rostros demacrados por el cansancio, en sus vestimentas de luto desolador.

—Terminen su chocolate, señoras. Siento haberles causado este contratiempo, les agradezco la consideración de venir a informarme en persona.

Como si fuera una orden, las norteamericanas acataron el mandato en cuanto el intérprete les tradujo una a una las palabras. La legación de su país les había facilitado aquel intermediario, un puente para que las dos mujeres llenas de fatiga, malas nuevas e ignorancia de la lengua lograran hacerse entender y cumplir así el objetivo de su viaje.

Ambas se llevaron las tazas a la boca sin ganas ni gusto. Lo hicieron por respeto, seguramente. Por no contrariarle. Los bizcochos de las monjas de San Bernardo, en cambio, no los tocaron, y él no insistió. Mientras las mujeres sorbían el líquido espeso con mal disimulada incomodidad, un silencio que no era del todo silencio se instaló en la sala como un reptil: resbalando por el suelo de tablas barnizadas y por el entelado que cubría las paredes; deslizándose sobre los muebles de factura europea y entre los óleos de paisajes y bodegones.

El intérprete, apenas un veinteañero imberbe, permanecía desconcertado con las manos sudorosas entrelazadas a la altura de sus partes pudendas, pensando para sus adentros qué diablos hago yo aquí. Por el aire, entretanto, planeaban mil sonidos. Del patio subía el eco del trajín de los criados mientras regaban las losas con agua de laurel. De la calle, a través de las rejas de forja, llegaba el repiqueteo de cascos de mulos y caballos, los lamentos de los mendigos suplicando una limosna y el grito del vendedor esquinero que pregonaba machacón su mercancía. Empanadas de manjar, tortillas de cuajada, ate de guayaba, dulces de maíz.

Las señoras se rozaron los labios con las servilletas de holanda recién planchadas, sonaron las cinco y media. Y después no supieron qué hacer.

El dueño de la casa rompió entonces la tensión.

—Permítanme que les ofrezca mi hospitalidad para pasar la noche antes de emprender el regreso.

—Muchas gracias, señor —respondieron casi al unísono—. Pero tenemos ya un cuarto reservado en una fonda que nos han recomendado en la embajada.

—¡Santos!

Aunque ellas no eran las destinatarias del bronco vozarrón, las dos se estremecieron.

—Que Laureano acompañe a estas señoras a recoger su equipaje y las traslade después al hotel de Iturbide, que anoten sus gastos a mi cuenta. Y luego te andas en busca de Andrade, le arrancas de la partida de dominó y le dices que venga sin demora.

El criado de piel de bronce recibió las instrucciones con un simple a la orden, patrón. Como si desde el otro lado de la puerta, con el oído bien pegado a la madera, no se hubiera enterado de que el destino de Mauro Larrea, hasta entonces acaudalado minero de la plata, se acababa de truncar.

Las mujeres se levantaron de las butacas y sus faldas crujieron al ahuecarse como las alas de un cuervo siniestro. Tras el criado, ellas fueron las primeras en abandonar la sala y salir a la fresca galería. La que dijo ser la hermana avanzó delante. La que dijo ser la viuda, detrás. A su espalda dejaron los pliegos de papel que habían traído consigo: los que ratificaban, negro sobre blanco, la veracidad de una premonición. Por último se dispuso a salir el intérprete, pero el dueño de la casa le frenó la voluntad.

Su mano grande y nudosa, áspera, fuerte aún, se posó sobre el pecho del americano con la firmeza de quien sabe mandar y sabe que le van a obedecer.

—Un momento, joven, hágame el favor.

El intérprete apenas tuvo tiempo de responder al requerimiento.

—Samuelson ha dicho que se llama usted, ¿verdad?

—Así es, señor.

—Muy bien, Samuelson —dijo bajando la voz—. Sobra decirle que esta conversación ha sido del todo privada. Una palabra a alguien sobre ella, y me encargo de que la semana que viene le deporten y le llamen a filas en su país. ¿De dónde es usted, amigo?

El joven notó la garganta seca como el techo de un jacal.

—De Hartford, Connecticut, señor Larrea.

—Mejor me lo pone. Así podrá contribuir a que los yanquis le ganen la guerra a la Confederación de una puñetera vez.

Cuando calculó que ya habían alcanzado el zaguán, alzó con los dedos el cortinón de uno de los balcones y observó a las cuñadas salir de la casa y subir a su propia berlina. El cochero Laureano arreó a las yeguas y éstas arrancaron el paso briosas, sorteando a viandantes respetables, a criaturas harapientas sin zapatos ni guaraches y a docenas de indios envueltos en sarapes que proclamaban en un caótico torrente de voces la venta de sebo y tapetes de Puebla, cecina, aguacates, nevados de sabores y figuras en cera del Niño Dios. Una vez comprobó que el carruaje doblaba hacia la calle de las Damas, se apartó del balcón. Sabía que Elías Andrade, su apoderado, tardaría al menos media hora en llegar. Y no tuvo duda sobre qué hacer durante la espera.

Blindado ante cualquier mirada ajena, en el tránsito de una estancia a otra Mauro Larrea se fue quitando la chaqueta con furia. Se desanudó luego a tirones el corbatón, se desabotonó los gemelos y se arremangó por encima de los codos las mangas de la camisa de cambray. Cuando llegó a su destino, con los antebrazos desnudos y el cuello abierto, inspiró con fuerza e hizo por fin girar el mueble con forma de ruleta que sostenía los tacos en posición vertical.

Santa Madre de Dios, murmuró.

Nada hacía prever que elegiría el que acabó eligiendo. Poseía otros más nuevos, más sofisticados y valiosos, acumulados a lo largo de los años como muestras tangibles de su auge imparable. Más certeros para el tiro, más equilibrados. Y sin embargo, en aquella tarde que desgarró su vida y cuya luz se fue apagando mientras los criados encendían quinqués y candiles por los rincones de su gran casa, mientras las calles seguían rebosantes de pulso, y el país se mantenía obcecadamente ingobernable en contiendas que parecían no tener fin, él rechazó lo predecible. Sin ninguna lógica aparente, sin ninguna razón, eligió el taco viejo y tosco que le ataba a su pasado y se dispuso a batirse rabioso contra sus propios demonios frente a la mesa de billar.

Pasaron los minutos mientras ejecutaba tiros con eficacia implacable. Uno tras...

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