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Dos relatos: Calófilo y Cuestión de monedas (Narrativa, Band 50) - Softcover

Borrero Echeverría, Esteban

 
9788498166804: Dos relatos: Calófilo y Cuestión de monedas (Narrativa, Band 50)

Inhaltsangabe

Calófilo es el protagonista del relato homónimo y Apofemo, el protagonista de Cuestión de monedas. Sus nombres exóticos revelan la atmósfera peculiar que les toca vivir en sus respectivas historias. Son historias que reflejan el carácter reflexivo, escéptico y pesimista de Esteban Borrero con la finalidad de entender las conductas del género humano. Linkgua ediciones ha escogido Calófilo y Cuestión de Monedas porque, son en la obra de Borrero, ejemplos de cómo el autor percibe la fragilidad de la existencia humana. Aquí Calófilo enloquece, mientras que Apofemo viaja a una ciudad en que el oro no tiene valor alguno. La obra narrativa de Esteban Borrero se inicia con la publicación de Calófilo, en la Revista de Cuba, en 1879. En Calófilo, el personaje principal se debate entre la precariedad de su existencia y la búsqueda de las formas puras de la belleza, la verdad y el arte. En este relato se evidencia el inseparable pesimismo del autor que lo acompañará a lo largo de toda su trayectoria literaria. Años más tarde, en 1899, publicó Cuestión de Monedas, en el volumen Lecturas de Pascuas. Hecho también con ilustraciones realizadas por sus hijas, Dulce María y la ya en ese entonces fallecida Juana Borrero. En Cuestión de Monedas, Esteban Borrero se distancia del relato de costumbres. Empieza aquí a mostrar un tono más reflexivo, cercano con la especulación filosófica y una inclinación hacia lo fantástico.

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Über die Autorin bzw. den Autor

Esteban Borrero (1849-1906). Cuba. Nació en Camaguey el 26 de junio de 1849 y se suicidó en San Diego de los Baños el 29 de marzo de 1906. Médico, poeta, escritor, profesor, fundador de escuelas y revolucionario. Colaboró en las publicaciones Correo de las Damas, Revista de Cuba y con Varona, Varela Zequiera y otros en la obra Arpas Amigas. En 1878 publicó en la Habana Poesías.

Auszug. © Genehmigter Nachdruck. Alle Rechte vorbehalten.

Dos Relatos Calófilo Cuestión de Monedas

By Esteban Borrero

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9816-680-4

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
CALÓFILO, 9,
CUESTIÓN DE MONEDAS, 23,
LIBROS A LA CARTA, 31,


CHAPTER 1

CALÓFILO


I

Conocí y traté íntimamente allá en mis mocedades a cierto joven singularísimo, cuya historia quiero hoy contarte, si no para tu ilustración, para entretenimiento de tu espíritu. Confieso que tengo la convicción de no poder hacerlo con acierto, porque está pálida y descolorida mi memoria; mas, no será esto parte bastante a que yo desista de mi propósito; que aquello que falte de exactitud a mi cuento, ni tú, lector, podrás echarlo de ver, porque no conociste a mi hombre; ni él mismo podrá echármelo en cara porque ha tiempo que desapareció de entre los vivos.

Tenía mi amigo por nombre el de Calófilo. No sabría decirte quiénes fueron sus padres, ni contarte una a una sus niñeces; y juzgo que tú cuerdamente harás caso omiso de tanta sandez como pudiera aquí enjarretarte a imitación y estilo de biógrafo. Baste, pues, que sepas que trabé conocimiento con él muy entrado ya en los dieciocho años. No más de ésos contaba yo, y con ello dicho se está que se comprendieron nuestras almas y que nos amamos como se usa en esa venturosa edad.

Descubrióme su alma, hizo que vieran mis ojos en su parte más recóndita, y vi en ella lo que solo mi indiscreción te haría saber. Era uno de esos seres de exquisita sensibilidad estética y moral, de sensibilidad enfermiza, como ha dicho el primero de los líricos hablando de su propia alma.

Los que creen que el genio es una neurosis vesánica hubieran podido confirmar esta opinión estudiando a Calófilo. Exagerado por extremo, todo sentimiento era una pasión en su ánimo, sufría siempre, sus ideas se desarrollaban mejor cuando padecía; necesitaba, por decirlo así, que el dolor sazonase los frutos de su alma, si no había de estar condenada a perpetua esterilidad. Con todo esto era, y por esto mismo quizás, una imaginación vivísima, y poseía en alto grado las condiciones del vidente de todo sentimiento culpable su alma, podía dilatarse en ella la mirada como en el azul de nuestro cielo; era profunda, pero sin sombras. Poeta sobre todo, soñador, ¿qué venía a ser la vida para él? Amar al hombre, amar la naturaleza, amar lo bello en todas sus manifestaciones. Creíase colocado en el mundo para disfrutar de los bienes de la creación en comunidad con los demás hombres, su individualidad no se había destacado aún del fondo de su conciencia, y vivía en la sociedad que le rodeaba como la rama en el tronco de donde toma la savia.

¿Quién se hubiera atrevido a decir a Calófilo que la ley de la fuerza impera hoy en la esfera del pensamiento y de la acción con tanto vigor y energía como en los albores de la sociedad humana? ¿Quién? Por una aberración de su espíritu, producto naturalísimo de su idiosincrasia, los sentimientos altruistas aparecieron en él antes que los egoístas, y era humanidad antes que hombre; su yo, su conciencia, no residía en él sino en los demás.

No pretendo hacer en este cuento una monografía, si no, gustoso, describiría ahora todos los rasgos de su carácter y haría una larga incursión en el campo fronterizo de la razón y la locura, en donde suelen manifestarse y brillar estas caracteres y sus análogos que esperan aún que la ciencia les asigne un lugar en uno u otro campo.

Quién sabe, por otra parte, si, al paso que vamos, no alcance tal preponderancia sobre los otros el sistema nervioso que al cabo de cuatro o cinco generaciones, con el ejercicio casi absoluto del órgano del pensamiento y nuestros vicios, quién sabe, digo, si los hombres nacerán con un cerebro enorme y será el neurosismo el estado habitual y la salud misma. Pero volvamos a Calófilo. ¿Que era poeta dije?

Aún acaricia mi oído la música de aquellas estrofas suyas en que rebosaba el sentimiento más delicado. Solía recitármelas como quien se dirige a esos seres invisibles a los profanos y que ve únicamente el que se inspira. En uno de sus arranques de inspiración me dijo alguna vez:

— ¡Oh!, dadme la lira y cantaré mi Iliada; dadme el cincel y encarnaré mi ideal de lo bello bajo otra forma en el mármol como Fidias; dadme la paleta y pintaré como Apeles; dadme la clave de esta música que yo escucho en dulce arrobamiento al nacer el día o al morir la tarde y llenaré el mundo con una melodía infinita.

Y en otras ocasiones:

— Yo amo al hombre — prorrumpía —, yo no vivo en mí, soy solidario de todo lo humano, yo me siento noble y grande con la ajena grandeza, y pequeño, débil y pecador con el que peca. No hay un dolor que no me pertenezca, no han derramado los hombres una lagrima que no haya caldeado mis mejillas.

Así pensaba, así sentía Calófilo, diré mejor.


II

Había perdido de vista por espacio de dos años a mi amigo, cuando en cierta ocasión di con él y le vi tan cambiado físicamente que estuve a punto de no reconocerle. Estaba, además, serio, grave, taciturno, y había en la expresión de su semblante algo de eso que debió verse en la cara del viajero sorprendido por la Esfinge. En medio de esa multitud de confidencias que se hacen siempre los amigos cuando han estado largo tiempo separados, descubrí en él sentimientos que me eran desconocidos y una exaltación tal de ideas que me sorprendió dolorosamente. Había en su espíritu un fondo de amargura bastante a envenenar toda una existencia; pero la exageración de su dolor era terriblemente lógica, abrumadora, contagiosa. Había sufrido, había sufrido mucho, y era necesario sufrir con él.

Cuando, como mi amigo, se ha nacido con una imaginación ardiente; cuando se tiene un corazón puro y bastante vigor moral para justificar, santificándolos, todos los afectos que se sienten; cuando por desgracia el mundo no da ejemplo ni de justicia ni de bondad, el que así siente se prepara sin sospecharlo a recibir muy duras lecciones de la experiencia. Hay entre estos seres y la sociedad un antagonismo latente que tarde o temprano ha de provocar grandes conflictos entre ambos. Esos conflictos no se hacen esperar y el individuo que choca contra el muro inquebrantable de la opinión y la costumbre se hace pedazos sin que llegue siquiera a conmoverlo; entonces los desgarramientos de esas almas puras, entonces las agonías de un espíritu que naufraga, que se ahoga falto de medio apropiado en que desarrollarse convenientemente. En este combate sucumbe casi siempre el individuo, no sin que antes lance su amarga protesta al rostro de aquellos por quienes fue anonadado.

Sucumbe casi siempre, dije, porque no sucumben todos. Espíritus vigorosos hay que dotados de una suma prodigiosa de vitalidad moral o artística se imponen al mundo y le imponen su ideal....

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