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La transformación de las razas en América (Pensamiento, Band 6) - Softcover

Álvarez, Agustín

 
9788499532639: La transformación de las razas en América (Pensamiento, Band 6)

Inhaltsangabe

La transformación de las razas en América (1908) traza una historia moral de la especie humana en términos generales para centrarse en los orígenes morales de la situación de la América de principios del siglo XX. Agustín Álvarez afirma que: "El miedo fue el secreto resorte de las tiranías; el miedo fue el resultado de las supersticiones religiosas de la Sociedad Colonial, encarrilada en la obediencia habitual por el miedo crónico o consuetudinario a gobernantes de derecho divino, consagrados por el tiempo y por la Iglesia, que cesaron de improviso por la revolución y fueron reemplazados por directores accidentales que se aprovecharon del antiguo espíritu supersticioso. El nuevo poder revolucionario, constituido sobre la inteligencia política indesenvuelta, no resultó equivalente al antiguo y fracasó a poco andar; entonces reapareció la forma consuetudinaria sin el prestigio tradicional, que fue naturalmente substituido por una mayor dosis de terror. El usurpador se vio obligado a suplir la velocidad adquirida del hecho consentido, que es fuerza de una especie (y que falta siempre al hecho nuevo cuando no ha cambiado el ambiente), por una fuerza complementaria equivalente, de otra especie, que en nuestro caso fue designada con el nombre de “facultades extraordinarias”. Así el terror crónico, que era bastante para el hecho crónico, se transforma en el terror agudo necesario para el hecho agudo." Y Álvarez se pregunta bajo qué principios construir una sociedad vigorosa en que el orden moral sea un elemento clave.

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Über die Autorin bzw. den Autor

Agustín Álvarez nació en la ciudad de Mendoza el 15 de Julio de 1857. Huérfano desde la primera edad, fue un "self made man"; si llegó a conquistar fama y rango, no fue tan sólo por su talento original y su vasta ilustración, sino también por sus ejemplares virtudes públicas y privadas.

Auszug. © Genehmigter Nachdruck. Alle Rechte vorbehalten.

La Transformación de las Razas en América

By Agustín Alvarez

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9953-263-9

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU HUMANO, 9,
LA MADRE DE LOS BORREGOS, 9,
EL MENSAJE DE LA ESFINGE, 15,
LA PALABRA DE DIOS, 19,
EL CRIADOR Y SUS CRIATURAS, 22,
EL ALFARERO Y LOS CÁNTAROS, 24,
LA FE Y LA RAZÓN, 27,
EL PASADO Y EL PRESENTE, 29,
LA ESCUELA RELIGIOSA, 34,
LA REVELACIÓN Y LA EVOLUCIÓN, 36,
LAS ÚLTIMAS AURORAS, 39,
EL PASADO Y EL FUTURO, 41,
DIOS MEDIOEVAL Y DIOS MODERNO, 43,
LA SOCIEDAD PRESENTE Y LA FUTURA, 44,
EL PORVENIR, 45,
LAS IDEAS CAPITALES DE LA CIVILIZACIÓN EN EL MOMENTO QUE PASA, 47,
LA VIDA Y EL BIENESTAR, 47,
LA VIDA Y LA SALUD, 51,
LA RELIGIÓN Y LA CIENCIA, 54,
INSTITUCIONES LIBRES, 58,
EVOLUCIÓN INTELECTUAL DE LAS SOCIEDADES, 79,
EL DIABLO EN AMÉRICA, 92,
LIBROS A LA CARTA, 111,


CHAPTER 1

LA MADRE DE LOS BORREGOS


La necesidad específica del entendimiento es la explicación, como la necesidad específica del estómago es el alimento. El hambre y la curiosidad son, pues, los dos factores primitivos y fundamentales del ser humano: el uno para asegurar el crecimiento físico, el otro para asegurar el crecimiento mental, igualmente necesario para la conservación del individuo y de la especie.

Sin alas, sin cola, sin trompa, sin garras, sin colmillos, sin veneno, sin púas, sin cuernos, sin caparazón, sin agilidad, sólo por la inteligencia podía el hombre sobreponerse a las demás especies animales en la lucha por la vida; pero, en cambio, la inteligencia era de suyo un arma o un poder susceptible de desarrollarse indefinidamente, de levantarse más alto que los pájaros y de caer más bajo que los reptiles.

Es necesario obrar para vivir, y es necesario saber para obrar. Saber al derecho o al revés, saber bien o saber mal, da lo mismo para determinarse a la acción o la inacción y conducirse en ellas, y sólo es diferente para el resultado.

Para orientarse en el mundo, más allá del hábito heredado en el instinto, es necesario tener un concepto, una idea, una explicación del mundo, muy burda en un principio, y de más en más elaborada después, porque solamente las explicaciones burdas pueden satisfacer a los entendimientos burdos, y solamente las explicaciones refinadas pueden satisfacer a los espíritus refinados.

Así, para la credulidad fundamental del niño, del salvaje y del ignorante, las explicaciones son tanto más creíbles cuanto son más disparatadas, más extraordinarias, más fantásticas, que es decir, más atrayentes, más impresionantes sobre la imaginación predominante en ellos.

Los sistemas de explicación del universo, las creencias a priori sobre lo desconocido, eran tan necesarias al hombre para rumbear y desempeñarse en la maraña de bienes y de males en que se desenvuelve la vida, como las sendas y los caminos para transitar sobre el suelo, y en ambos terrenos el ensanche del tráfico tenía que producir necesariamente el ensanche de la vía.

Descubrir el modo y la razón de ser propias de los hechos y de las cosas era imposible. Imaginárselos, era fácil e inevitable, pues cercados en todas direcciones por el misterio, urgidos por la necesidad de saber para obrar y aguijoneados por la curiosidad de saber para saber, los hombres tenían que recurrir fatalmente a la cavilación para descifrar los enigmas del universo y de la vida, a fin de orientarse en el mundo y en la vida, y la loca de la casa tuvo que ser la encargada de amueblar y pertrechar la casa.

Para los primeros hombres, el antecedente conocido de sus acciones, el porqué de sus actos, fue ese misterio interior que llamamos la voluntad, y en función de este primer factor de los hechos propios se explicaron, naturalmente, los hechos ajenos como efectos de otras voluntades en las otras personas, en los animales y en las cosas, como el niño que se enoja con los juguetes indóciles a sus caprichos y los rompe, porque los cree culpables, que es decir, voluntarios; como los baqueanos de la cordillera que creen que la montaña desconoce a los forasteros y desencadena en seguida la tormenta para manifestar su disgusto; como los napolitanos supersticiosos que creen que las diligencias no gustan de los curas y se vuelcan de rabia cuando va alguno entre los pasajeros.

Tomando esta primera cosa conocida — el yo — como base o punto de referencia para la explicación de las demás cosas, el hombre llegó necesariamente a la personificación de todas las cosas del mundo real, desde luego, y a la de todas las del mundo imaginario después, suplicando en un principio directamente al Sol para que enviase la luz y el calor y evitase los nublados y los eclipses, y después a Horo, a Dionisos, a Febo Apollo, a Jehová, a Dios, a San Antonio o a San Francisco.

Empezando por suponer una voluntad dentro o detrás de las cosas para explicarse las particularidades de las cosas, el hombre llegó, por refinamientos sucesivos, a imaginarse los poderes invisibles como productores de los hechos incomprensibles, encarnándolos después en los fetiches para rendirles miedo, vale decir, culto.

Y una vez concebidos los factores imaginarios de los hechos y de las cosas, sobrevino la necesidad de influir sobre aquéllos, para influir sobre éstas, y el hechicero — embrión del obispo — tomó a su cargo en la tribu la provechosa función de espantar a los malos espíritus para sanar a los enfermos.

La necesidad trae la función y el funcionario trae el procedimiento. La necesidad de actuar sobre los poderes invisibles trajo al mago y el mago trajo la magia, hechicería en segundo grado, bifurcada ya en dos ramas o especialidades en el judaísmo y en el paganismo, la una para apaciguar a los poderes imaginarios irritados o propiciarlos por medio de sacrificios, laudatorias y genuflexiones, pues «la sangre y los sufrimientos de los humanos eran el néctar de los dioses»; la otra para pronosticar o predecir sus determinaciones, interpretando, según el método de los profetas, las visiones de la imaginación exaltada por el ayuno y la soledad, en el judaísmo, o los sueños y los presagios, según el método de las pitonisas y los augures en el paganismo.

Entretanto, al lado de las viejas mitologías y liturgias perfeccionadas, surgen la filosofía y la literatura griegas, que, disminuyendo la candidez humana, quebrantan primeramente el prestigio de los adivinadores del porvenir, y luego la eficacia misma de las teogonías corrientes para responder satisfactoriamente a la curiosidad humana ensanchada en el mundo greco-latino. Y el hombre necesita, entonces, en las costas del Mediterráneo, una nueva explicación de los hechos y de las cosas, del mundo, y se la proporciona el supernaturalismo cristiano, con los dos testamentos como nueva teoría de los hechos y de las cosas, y con los sacramentos — hechicería en tercer grado — como nuevo vehículo de comunicación entre los seres humanos que sufren los...

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